Cuando vi este artículo "Papá, hoy no tengo ganas de ir al cole", decidí compartirlo con mis compañeros y alumnos. Me pareció muy interesante la forma de argumentar la situación privilegiada que vivimos. La pregunta que surgía era: ¿Por qué nuestros hijos-alumnos no aprecian la escuela? La conclusión a la que llegué es que las razones que les damos para su asistencia a clase son repeticiones de tópicos que parecen decir todo y no dicen nada. "Vas al colegio para aprender", "vas al colegio para ser alguien el día de mañana". Para los adolescentes "el día de mañana" es el posterior al que están viviendo, así que nuestros argumentos no convencen. Si a esto añadimos que lo que ofrece la escuela, en muchos casos, no es atrayente, nos encontramos con que vida y escuela son dos realidades distintas y alejadas.
¿Por qué los chicos de esas fotos y vídeos arriesgan sus vidas para ir a clase?, ¿qué les impulsa a sortear riesgos y peligros para acceder al colegio? No creo que sea porque les guste la aventura, más bien me inclino a pensar que han comprendido la finalidad de la educación, que han comprendido que es un tesoro demasiado valioso para perderlo porque les ofrece libertad, autonomía y capacidad para transformar la sociedad.
Hay un anuncio en el que aparece una niña pequeña a la que la profesora le dice: "¿Vas a hacer un dibujo con todos esos colores?" y la niña responde: "No soy pintora, soy doctora y voy a inventar una vacuna para curar a todos los niños, papás y abuelitos". ¿En qué momento la escuela rompe los sueños de los niños? ¿Cuándo y por qué despojamos a la escuela de su verdadera esencia? ¿Cuándo y por qué un niño deja de ser creativo para transformarse en un mero receptor pasivo de "conocimientos" alejados de su mundo y en un reproductor impersonal de dichos "conocimientos"? Si la escuela no sirve para formar individuos capaces de transformar el mundo en un lugar mejor, es que algo debemos estar haciendo mal.
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