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miércoles, diciembre 14, 2016

Las competencias y los padres

Hace unos días me comentaron lo difícil que resulta explicar a los padres de alumnos el tema de las competencias. A veces he pensado que no sé quién inventa cosas y sobre todo definiciones que con sus enrevesados vocablos pretenden torturar a esta pobre gente que somos los maestros. Es cierto que muchos padres y profesores no aciertan a entender que un alumno con sobresaliente de media puede no ser competente. Si dices esto te toman por loco o por algo peor.

Me vino a la memoria un compañero de clase que tenía cuando estudiaba segundo de BUP (¡Mi madre, sí que hace años!). Le llamábamos “Placita” que es lo típico para un niño algo retraído, poco dotado para los deportes  pero buen estudiante (el empollón) y que por ende se apellidaba Plaza. Una de las asignaturas en las que sobresalía (sobresalía en todas pero especialmente en ésa) era física. Era la persona a la que todos acudíamos para resolver dudas y sobre todo para que nos dejase los problemas ya resueltos; tarea ardua conseguirlo pues como buen empollón siempre respondía “Hazlos tú”.

Había terminado el verano y empezábamos a asimilar que el curso había comenzado. Los recuerdos del verano todavía estaban presentes y en un intercambio de clase surgió la discusión de las piscinas y tirarse de cabeza, que si era mejor de un manera, que si era mejor de otra, bla, bla, bla..... Placita entró en la conversación y uno de los que estábamos charlando le dijo que su opinión no era muy importante (no con esas palabras pero sí con ese sentido) porque el había estado en la misma piscina y no le había visto tirarse de cabeza. La conversación empezó a calentarse con que síes y que noes. Placita calló, se subió al asiento del pupitre y realizó una asombrosa demostración tirándose en plancha al suelo. Se la pegó, estaba claro.

Lo que muchos no llegábamos a entender era cómo el alumno que más sabía sobre la fuerza de la gravedad y que mejor resolvía los problemas sobre la caída libre de los cuerpos, no fue capaz de prever los resultados de su estupidez.


Placita era muy listo y puede que hasta inteligente pero nada competente.
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domingo, marzo 27, 2016

Flipped class


 Aunque parece novedoso, este concepto es bastante antiguo. Consiste en cambiar la dinámica de aprendizaje cambiando los tiempos y el lugar. Lo llevo utilizando algunos años, no con tanta asiduidad como quisiera, y estoy convencido de que mejora el aprendizaje. Básicamente consiste en atender a las explicaciones en casa y hacer ejercicios y resolver dudas en clase. Elaboré este vídeo que espero que os guste.

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Nuevos conceptos en la educación


Han aparecido muchos conceptos nuevos (o no tanto) en la tarea del aprendizaje y, por consiguiente, en educación. muchos de ellos suponen un barullo que a veces resulta complicado de entender. Para orientar sobre para qué sirven y no verlos como cosas aisladas, he elaborado este pequeño vídeo que pretende aclarar mínimamente la finalidad de todo eso que vemos aparecer cada vez que hablamos de este tema.
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Pequeña reflexión sobre evaluación


La evaluación de un alumno debe sufrir una importante mejora si queremos ser más justos a la hora de otorgar una calificación a los alumnos. Debemos observar muchos más aspectos de los que tradicionalmente se contemplan. Esta es una pequeña reflexión sobre el cambio de paradigma en algo que afecta a alumnos, familias y futuro de la educación.


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lunes, marzo 21, 2016

Fernando y la presión



La relación con Fernando no empezó con buen pie. No había química. Era ese tipo de alumno que definiríamos de “déficit atencional”. No había forma, no funcionaba ninguna estrategia. Su capacidad intelectual era directamente proporcional a su capacidad para sacarme de quicio. Sin poder evitarlo, siempre acababa desconcentrándome. Tanto él como yo cumplíamos los roles clásicos maestro-alumno, ambos pensábamos del otro que estábamos juntos para amargarnos la vida mutuamente. Cuando pensaba que, como mínimo, tendría que aguantarle dos años mi desesperación aumentaba de manera exponencial.
Cierto día que me tocaba guardia de patio, observé a Fernando dando patadas a un botellín de refresco. De las patadas pasó a los pisotones y en esto que acertó a pisar de tal manera que el tapón salió despedido alcanzando a un compañero en la espalda. El impacto fue débil. Fernando reía asombrado por su “hazaña”. Le pedí que se acercara y antes de que yo dijese nada, ya se estaba excusando con argumentos como: “ha sido sin querer”, “no le he hecho nada”….Temía la bronca o el castigo. Cuando paró de soltarme su discurso le pregunté si sabía lo que había hecho. Él no sabía a qué carta quedarse, si seguir con sus alegaciones o permanecer callado y aguantar el chaparrón. “Sabes que lo que acabas de hacer….(pausa dramática)…..demuestra un principio de la física”. Su cara era un homenaje al desconcierto. Le pedí que me mandase por correo una explicación de lo sucedido. Esa misma noche recibí un e-mail en el que Fernando explicaba lo sucedido con el botellín detallando pormenorizadamente los principios de Pascal y las teorías de Torricelli como causantes de la expulsión del tapón. Era un texto expositivo perfecto en el que defendía el empirismo como base de los principios científicos. Al día siguiente decidí saltarme un par de temas y dedicar la clase a la modalidad textual expositiva y argumentativa tomando como base la redacción de Fernando que amablemente leyó a sus compañeros.
A partir de entonces tuvimos varias charlas en el patio del recreo sobre el asunto, pero lo verdaderamente llamativo fue que el alumno díscolo se convirtió en uno de los más participativos y agradablemente inquisitivos del grupo. La relación entre los dos cobró una nueva dimensión, me convirtió en su confidente y consejero.
A veces los caminos de la empatía son inescrutables y basta un pequeño accidente o perder un instante en hablar fuera de la presión del aula para encauzar lo que en un principio parecía incontrolable.
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sábado, marzo 19, 2016

Los exámenes



¿Qué sería de la enseñanza sin exámenes? Son la tortura de los alumnos y el azote vengativo de los profesores. Gracias a ellos tenemos una prueba inequívoca de la ineptitud del alumno y, por supuesto, algo con lo que acallar a los padres furibundos.
No sé qué tienen en contra de los exámenes, son todo un símbolo, la idiosincrasia de nuestro sistema educativo y el paradigma de la evaluación.
En mis tiempos de idealista y descerebrado estaba también en contra. Me parecían anacrónicos y obsoletos, pero sobre todo injustos, poco clarificadores, arbitrarios y enormemente fríos. Fue en aquellos tiempos cuando me dio por la idea creativa de corregirlos pero no poner la calificación. Los padres se rebelaron y me acusaron de no corregir correctamente (no había calificación…¡Qué horror!). Traté de convencerles de que en todos lo ejercicios había anotaciones en rojo con las respuestas correctas donde había errores; pero nada: sin nota, no había corrección. Aparte de muchas críticas también recibí algunas “advertencias”. Intento fallido.
Más adelante, con la madurez, me declaré partidario de los exámenes. Ahora me gustan, y en cuanto puedo pongo uno…o dos. Yo creo que es vicio porque me llevan un trabajo enorme. Empiezo dos semanas antes con la selección de ejercicios. Cuando falta una semana, aviso a los alumnos de la fecha (siempre una semana por medio) y les comento, con el libro delante, los puntos importantes y el tipo de ejercicios (que ya hemos practicado en clase). Esa semana la dedicamos a resolver dudas (repaso encubierto). Por fin llega el día señalado y con él la fiesta de las fotocopias, el grupo A y el grupo B, el ¿con boli o lápiz?, etc…Recojo los papeles llenos de esfuerzos y esperanzas, y me los llevo a casa. Dos días después (o más) entrego los exámenes corregidos y pasamos a la corrección comunitaria. Recojo de nuevo los papeles y empieza el verdadero trabajo duro….evaluar, evaluar mi función como profesor, averiguar cuáles han sido mis errores, qué parte de lo que hemos estudiado no he sabido transmitir, qué destrezas no he sido capaz de desarrollar, descubrir en qué he fallado y qué voy a hacer para resolver el desaguisado que haya podido causar con mi torpeza.
Y es que para mí un examen es un instrumento evaluador importantísimo para comprobar la nota que sacamos los profesores. Corregirlos no es sólo poner bien, mal o regular; es investigar por qué los alumnos no han sido capaces de sacar un diez y, sobre todo, buscar soluciones para conseguir la mejora en el próximo (no tanto suya como mía). Eso sí, ya casi siempre pongo notas, pero las hago un caso muy relativo.
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martes, marzo 15, 2016

Treinta y dos motivos para la esperanza

El día después del anuncio de los recortes en educación (cómo me duele tener razón cuando escribí lo de los recortes en la enseñanza), entré en el aula con una gran dosis de desesperanza (y esta vez no era el chiste que siempre hago “Desesperanza Aguirre”). Los treinta y un alumnos de mi clase de lengua estaban distribuidos por grupos para enfrentarse a una actividad colaborativa: resolver el acertijo de Einstein. Dicté el enigma con desgana. Se enfrascaron los chicos en la actividad con sus murmullos, comentarios, discusiones, y yo estaba como ausente, que diría Neruda. Me imaginaba ese espacio en el que laboraban, con diez alumnos más; ¿dónde los iba a meter?, ¿cómo los iba a atender?. No dejaba de pensar que serán demasiados, que no podré distribuirlos por grupos porque no tenemos espacio. En ese momento no echaba de menos los ordenadores en las aulas, las pizarras digitales y otras muchas cosas que habíamos estado solicitando, lo único que anhelaba eran metros cuadrados. La esperanza se me escapaba a borbotones, después de casi treinta años en esto y me veía como al principio. Los alumnos seguían a lo suyo y yo rumiaba mi decaimiento. Recordaba los avances que aunque pequeños me habían ido animando y fue entre ellos donde encontré un motivo esperanzador al que aferrarme: “la ilusión”. En mi memoria aparecieron la energía, las ganas de luchar por el modelo educativo en el que creía, la creatividad para resolver las carencias y problemas que se me presentaban, la ética profesional y todo el empeño por llevar a cabo las ideas que me trajeron a dedicarme a esto. Comencé a recoger las conclusiones de los alumnos y a debatirlas con ellos. Participaban, buscaban soluciones, argumentaban y sobre todo sonreían. Me di cuenta de que habían sido felices desarrollando la deducción lógica, aprendiendo a leer y extraer información para utilizarla en la resolución del enigma; y me enseñaron a descubrir que esas cuatro paredes encerraban un mundo compuesto por treinta y dos mundos diferentes que disfrutaban pensando y aprendiendo juntos. Terminé feliz porque encontré treinta y un motivos tan grandes para la esperanza que todo lo demás me pareció una nadería. Por cierto, resolvimos el acertijo de Eistein.
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