La relación con Fernando no empezó con buen pie. No había química.
Era ese tipo de alumno que definiríamos de “déficit atencional”. No
había forma, no funcionaba ninguna estrategia. Su capacidad intelectual
era directamente proporcional a su capacidad para sacarme de quicio. Sin
poder evitarlo, siempre acababa desconcentrándome. Tanto él como yo
cumplíamos los roles clásicos maestro-alumno, ambos pensábamos del otro
que estábamos juntos para amargarnos la vida mutuamente. Cuando pensaba
que, como mínimo, tendría que aguantarle dos años mi desesperación
aumentaba de manera exponencial.
Cierto día que me tocaba guardia de patio, observé a Fernando dando patadas a un botellín de refresco. De las patadas pasó a los pisotones y en esto que acertó a pisar de tal manera que el tapón salió despedido alcanzando a un compañero en la espalda. El impacto fue débil. Fernando reía asombrado por su “hazaña”. Le pedí que se acercara y antes de que yo dijese nada, ya se estaba excusando con argumentos como: “ha sido sin querer”, “no le he hecho nada”….Temía la bronca o el castigo. Cuando paró de soltarme su discurso le pregunté si sabía lo que había hecho. Él no sabía a qué carta quedarse, si seguir con sus alegaciones o permanecer callado y aguantar el chaparrón. “Sabes que lo que acabas de hacer….(pausa dramática)…..demuestra un principio de la física”. Su cara era un homenaje al desconcierto. Le pedí que me mandase por correo una explicación de lo sucedido. Esa misma noche recibí un e-mail en el que Fernando explicaba lo sucedido con el botellín detallando pormenorizadamente los principios de Pascal y las teorías de Torricelli como causantes de la expulsión del tapón. Era un texto expositivo perfecto en el que defendía el empirismo como base de los principios científicos. Al día siguiente decidí saltarme un par de temas y dedicar la clase a la modalidad textual expositiva y argumentativa tomando como base la redacción de Fernando que amablemente leyó a sus compañeros.
A partir de entonces tuvimos varias charlas en el patio del recreo sobre el asunto, pero lo verdaderamente llamativo fue que el alumno díscolo se convirtió en uno de los más participativos y agradablemente inquisitivos del grupo. La relación entre los dos cobró una nueva dimensión, me convirtió en su confidente y consejero.
A veces los caminos de la empatía son inescrutables y basta un pequeño accidente o perder un instante en hablar fuera de la presión del aula para encauzar lo que en un principio parecía incontrolable.
Cierto día que me tocaba guardia de patio, observé a Fernando dando patadas a un botellín de refresco. De las patadas pasó a los pisotones y en esto que acertó a pisar de tal manera que el tapón salió despedido alcanzando a un compañero en la espalda. El impacto fue débil. Fernando reía asombrado por su “hazaña”. Le pedí que se acercara y antes de que yo dijese nada, ya se estaba excusando con argumentos como: “ha sido sin querer”, “no le he hecho nada”….Temía la bronca o el castigo. Cuando paró de soltarme su discurso le pregunté si sabía lo que había hecho. Él no sabía a qué carta quedarse, si seguir con sus alegaciones o permanecer callado y aguantar el chaparrón. “Sabes que lo que acabas de hacer….(pausa dramática)…..demuestra un principio de la física”. Su cara era un homenaje al desconcierto. Le pedí que me mandase por correo una explicación de lo sucedido. Esa misma noche recibí un e-mail en el que Fernando explicaba lo sucedido con el botellín detallando pormenorizadamente los principios de Pascal y las teorías de Torricelli como causantes de la expulsión del tapón. Era un texto expositivo perfecto en el que defendía el empirismo como base de los principios científicos. Al día siguiente decidí saltarme un par de temas y dedicar la clase a la modalidad textual expositiva y argumentativa tomando como base la redacción de Fernando que amablemente leyó a sus compañeros.
A partir de entonces tuvimos varias charlas en el patio del recreo sobre el asunto, pero lo verdaderamente llamativo fue que el alumno díscolo se convirtió en uno de los más participativos y agradablemente inquisitivos del grupo. La relación entre los dos cobró una nueva dimensión, me convirtió en su confidente y consejero.
A veces los caminos de la empatía son inescrutables y basta un pequeño accidente o perder un instante en hablar fuera de la presión del aula para encauzar lo que en un principio parecía incontrolable.






Me parece una experiencia muy bonita de ti como profesor y de tu alumno , vaya manera más bonita de acabar esta historia...