sábado, marzo 19, 2016

Los exámenes



¿Qué sería de la enseñanza sin exámenes? Son la tortura de los alumnos y el azote vengativo de los profesores. Gracias a ellos tenemos una prueba inequívoca de la ineptitud del alumno y, por supuesto, algo con lo que acallar a los padres furibundos.
No sé qué tienen en contra de los exámenes, son todo un símbolo, la idiosincrasia de nuestro sistema educativo y el paradigma de la evaluación.
En mis tiempos de idealista y descerebrado estaba también en contra. Me parecían anacrónicos y obsoletos, pero sobre todo injustos, poco clarificadores, arbitrarios y enormemente fríos. Fue en aquellos tiempos cuando me dio por la idea creativa de corregirlos pero no poner la calificación. Los padres se rebelaron y me acusaron de no corregir correctamente (no había calificación…¡Qué horror!). Traté de convencerles de que en todos lo ejercicios había anotaciones en rojo con las respuestas correctas donde había errores; pero nada: sin nota, no había corrección. Aparte de muchas críticas también recibí algunas “advertencias”. Intento fallido.
Más adelante, con la madurez, me declaré partidario de los exámenes. Ahora me gustan, y en cuanto puedo pongo uno…o dos. Yo creo que es vicio porque me llevan un trabajo enorme. Empiezo dos semanas antes con la selección de ejercicios. Cuando falta una semana, aviso a los alumnos de la fecha (siempre una semana por medio) y les comento, con el libro delante, los puntos importantes y el tipo de ejercicios (que ya hemos practicado en clase). Esa semana la dedicamos a resolver dudas (repaso encubierto). Por fin llega el día señalado y con él la fiesta de las fotocopias, el grupo A y el grupo B, el ¿con boli o lápiz?, etc…Recojo los papeles llenos de esfuerzos y esperanzas, y me los llevo a casa. Dos días después (o más) entrego los exámenes corregidos y pasamos a la corrección comunitaria. Recojo de nuevo los papeles y empieza el verdadero trabajo duro….evaluar, evaluar mi función como profesor, averiguar cuáles han sido mis errores, qué parte de lo que hemos estudiado no he sabido transmitir, qué destrezas no he sido capaz de desarrollar, descubrir en qué he fallado y qué voy a hacer para resolver el desaguisado que haya podido causar con mi torpeza.
Y es que para mí un examen es un instrumento evaluador importantísimo para comprobar la nota que sacamos los profesores. Corregirlos no es sólo poner bien, mal o regular; es investigar por qué los alumnos no han sido capaces de sacar un diez y, sobre todo, buscar soluciones para conseguir la mejora en el próximo (no tanto suya como mía). Eso sí, ya casi siempre pongo notas, pero las hago un caso muy relativo.

Leave a Reply